No podía dejar de mirarte fijamente. Tu piel morena, tu gesto de concentración. Aquel ceño fruncido y tus manos grandes, sujetando el libro con fuerza. Mi corazón golpeaba fuerte contra las costillas, casi doliéndome. Los dedos se me agarrotaban y no dejaba de arrugar mi falda una y otra vez entre los puños, intentando tranquilizarme.
Me levanté con brusquedad del banco, con movimientos rígidos. Crucé la distancia que nos separaba a grandes zancadas, a pesar de que no era mucha. Te arranqué el libro de las manos y me miraste, sorprendido. Me senté a horcajadas sobre tus piernas, tiré aquella historia por la borda, agarré tu cara y te besé con fuerza. No te lo creías al principio. Yo tampoco. Ambos estábamos tensos, pero enseguida me relajé. Tu me seguiste dos segundos después. Tu boca cobró vida, igual que tus manos, que rodearon mi cintura.
Sacudí la cabeza, intentando deshacerme de aquellas imágenes que me moría por hacer realidad. Pero mi cuerpo no respondía, era como si una barrera me separase de ti. Me levanté despacio y volví a colocarme las gafas de sol. Apreté el asa de mi bolso con fuerza y me dispuse a marcharme. Tu levantaste la mirada y la trabaste con la mía, aunque no pudieras verla. Me sonreíste y creí morir. Te devolví el gesto y me fui caminando, muerta de vergüenza, pero con la sensación de haber ganado una pequeña batalla.
-¡Ey! ¡Espera!
Frené en seco. Pasaste corriendo por mi lado. Me cortaste el paso. Yo te miraba embelesada, sin creerme aún que me hubieras hablado. Respirabas un poco agitado y tu camisa se agitaba con el movimiento. Qué guapo estabas, por Dios.
-Mi nombre es Álvaro. ¿Me darías tu número de teléfono? Siempre te veo ahí sentada, pero no me he atrevido a decirte nada antes. Por favor...-me pediste, con una media sonrisa y un rotulador en la mano. Tragué saliva con fuerza, me quité las gafas de sol y asentí con la cabeza, con una trémula sonrisa. Cogí el rotulador que me tendías y te escribí mi móvil en la mano que me tendiste. Mis dedos rozaron tu piel suave y contuve un gemido. Las manos me temblaban. Tu me la cogiste cuando terminé y me la apretaste suavemente. Te agachaste sobre mí y me besaste la mejilla.
-Te llamaré. Te lo prometo. Solo dime tu nombre.
-Dana-tus ojos brillaban y yo me había perdido en ellos-. Me llamo Dana.
-Hasta mañana, Dana.
Me soltaste, pasaste a mi lado y caminaste en dirección contraria a la mía con tu libro bajo el brazo. Me giré de golpe y te grité:
-Espero tu llamada. De verdad.
Me miraste con una sonrisa y asentiste.
-Por supuesto.
Luego continuamos nuestros caminos. Sentía el alma más ligera. Como si estuviera llena de aire.
Apenas había puesto un pie en casa cuando mi móvil sonó.
martes, 5 de junio de 2012
lunes, 21 de mayo de 2012
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Bueno, este es un pequeño relato que espero que disfrutéis. Es solo el borrador de la historia. Pienso convertirla en un corto durante el verano. Cuando esté listo lo pondré aquí para que veáis el resultado. Espero que os guste :) Disfrutadlo.
Miriam camina cabizbaja. No ha sido su mejor día. Hace calor. Demasiado calor. Siente que le sobra hasta la piel. Solo quiere llegar a casa, darse una buena ducha y sentarse tranquilamente a ver la TV. Nada demasiado trabajado. Más bien una estupidez.
La casa parece un horno. En la puerta se desviste, lentamente. Se acaricia los brazos con suavidad. El cuello, limpiando el sudor. Sacude la cabeza y se suelta el pelo. Se acerca a la mesa, coge un mando y pulsa el interruptor del aire acondicionado. Deja de nuevo el mando sobre la mesa y se dirige al baño. Entra en la ducha y abre el grifo. Se estremece bajo el agua fría, con los ojos cerrados, la cabeza sobre el brazo y el agua golpeando su espalda. Se gira, se aparta el pelo de la cara y traga saliva con fuerza. Se echa a llorar y se desliza hasta el suelo sin dejar de sollozar.
Cuando sale de la ducha y se viste, se prepara un sándwich ligero y se sienta frente al televisor. Lo enciende y pone el primer canal que encuentra. Lo mira sin mucho interés, masticando con tranquilidad. No ha comido ni la mitad cuando su móvil suena. Mira el bolso con el bocado todavía en la boca, se levanta y busca el aparato mientras sigue masticando. Mira quién es y su cara se contrae en una mueca de sorpresa y dolor. El teléfono resbala de su mano y cae al suelo. Se queda paralizada un momento y a su cabeza llega el recuerdo de las risas. Una pareja. Un beso robado. El dolor agudo en su pecho como un cuchillo clavado hasta la empuñadura.
Las nauseas le sobrevienen de repente. Se pone una mano en la boca y corre al baño para vomitar. Abraza el váter como si su vida dependiera de ello. Cuando termina se limpia la cara con manos temblorosas. Se deja caer contra la pared, sentada en el suelo y se acurruca sobre sí misma, abrazando su propio cuerpo. Cierra los ojos y se deja llevar.
Las imágenes la bombardean. Imágenes de él y su sonrisa tierna. De sus besos dulces. De su cigarro en los labios. Y la ve a ella. Ve los brazos que amaba rodeándola, haciéndole el amor.
Abre los ojos llorosos con una triste sonrisa. Se seca la cara y se levanta. Entra en su habitación, coge la pequeña caja que ha comprado esa tarde y comienza a guardar dentro todos sus recuerdos. Hasta el último de ellos: las fotos, el anillo, las cartas de amor, aquella camiseta y su peluche favorito. Todo. Tan solo falta su corazón roto por dejar dentro.
Pone la caja a un lado y abre el armario. Escoge uno de sus conjuntos favoritos, se cambia, se pinta y, cuando está lista, sale de nuevo a la calle con la caja bajo el brazo.
Llega al puente y se detiene en el centro. Mira el agua moverse allá abajo, muchos metros por debajo de sus pies. Duda un momento más. Saca su móvil del bolso, lo apaga y lo mete en la caja. Ya conseguirá todos los números de nuevo más tarde. Después la alza y la arroja al agua. Sonríe cuando oye el chapoteo que supone su contacto con las pequeñas olas. La observa unos instantes más y se aleja lentamente, mucho más tranquila.
Es mucho mejor empezar de cero, se dice, que quedar atascada en el pasado.
Miriam camina cabizbaja. No ha sido su mejor día. Hace calor. Demasiado calor. Siente que le sobra hasta la piel. Solo quiere llegar a casa, darse una buena ducha y sentarse tranquilamente a ver la TV. Nada demasiado trabajado. Más bien una estupidez.
La casa parece un horno. En la puerta se desviste, lentamente. Se acaricia los brazos con suavidad. El cuello, limpiando el sudor. Sacude la cabeza y se suelta el pelo. Se acerca a la mesa, coge un mando y pulsa el interruptor del aire acondicionado. Deja de nuevo el mando sobre la mesa y se dirige al baño. Entra en la ducha y abre el grifo. Se estremece bajo el agua fría, con los ojos cerrados, la cabeza sobre el brazo y el agua golpeando su espalda. Se gira, se aparta el pelo de la cara y traga saliva con fuerza. Se echa a llorar y se desliza hasta el suelo sin dejar de sollozar.
Cuando sale de la ducha y se viste, se prepara un sándwich ligero y se sienta frente al televisor. Lo enciende y pone el primer canal que encuentra. Lo mira sin mucho interés, masticando con tranquilidad. No ha comido ni la mitad cuando su móvil suena. Mira el bolso con el bocado todavía en la boca, se levanta y busca el aparato mientras sigue masticando. Mira quién es y su cara se contrae en una mueca de sorpresa y dolor. El teléfono resbala de su mano y cae al suelo. Se queda paralizada un momento y a su cabeza llega el recuerdo de las risas. Una pareja. Un beso robado. El dolor agudo en su pecho como un cuchillo clavado hasta la empuñadura.
Las nauseas le sobrevienen de repente. Se pone una mano en la boca y corre al baño para vomitar. Abraza el váter como si su vida dependiera de ello. Cuando termina se limpia la cara con manos temblorosas. Se deja caer contra la pared, sentada en el suelo y se acurruca sobre sí misma, abrazando su propio cuerpo. Cierra los ojos y se deja llevar.
Las imágenes la bombardean. Imágenes de él y su sonrisa tierna. De sus besos dulces. De su cigarro en los labios. Y la ve a ella. Ve los brazos que amaba rodeándola, haciéndole el amor.
Abre los ojos llorosos con una triste sonrisa. Se seca la cara y se levanta. Entra en su habitación, coge la pequeña caja que ha comprado esa tarde y comienza a guardar dentro todos sus recuerdos. Hasta el último de ellos: las fotos, el anillo, las cartas de amor, aquella camiseta y su peluche favorito. Todo. Tan solo falta su corazón roto por dejar dentro.
Pone la caja a un lado y abre el armario. Escoge uno de sus conjuntos favoritos, se cambia, se pinta y, cuando está lista, sale de nuevo a la calle con la caja bajo el brazo.
Llega al puente y se detiene en el centro. Mira el agua moverse allá abajo, muchos metros por debajo de sus pies. Duda un momento más. Saca su móvil del bolso, lo apaga y lo mete en la caja. Ya conseguirá todos los números de nuevo más tarde. Después la alza y la arroja al agua. Sonríe cuando oye el chapoteo que supone su contacto con las pequeñas olas. La observa unos instantes más y se aleja lentamente, mucho más tranquila.
Es mucho mejor empezar de cero, se dice, que quedar atascada en el pasado.
lunes, 2 de abril de 2012
Summer Love
Bueno, queridos lectores. Aquí os dejo con una nueva historia a la que llevaba dándole vueltas un tiempo. ¡Espero que os guste!
No suelo salir sola. No porque
me disguste; simplemente me da demasiado tiempo para pensar. Cuando lo hago,
procuro ir siempre escuchando música. Me resulta tan necesaria como respirar. Y
a la vez la odio. El 90% de las canciones me gustan porque tienen algún
significado para mí. Cuando lo pierden o es non grato, adiós canción. La de
veces que me habrá pasado.
Era una calurosa tarde de
verano. Había estado aburriéndome como una ostra en mi casa. No había nadie con
quien salir, así que decidí aventurarme yo sola. Había cogido un autobús y
ahora estaba en una terraza junto a la abarrotada playa. Había mucho ruido a mi
alrededor, una algarabía de sonidos que me relajaba. El batido helado se me
estaba derritiendo, pero no me importaba. Estaba en un momento interesante del
libro que había llevado y no podía apartar los ojos de las páginas.
Diez minutos después lo cerré,
sonriente. Al fin lo había terminado. Una buena historia, como las que a mí me
gustaban. Coloqué la pajita entre mis labios y sorbí el refrescante líquido. Se
agradecía con aquella temperatura.
Al levantar la mirada vi un
chico en una de las mesas del bar de al lado. Llevaba un bañador largo de color
azul, una camiseta blanca y un sombrero. Tenía el cabello castaño claro y
estaba muy bronceado. También estaba leyendo y parecía concentrado. Se tapaba
los ojos con unas gafas de sol, igual que yo, aunque las suyas parecían
bastante más caras.
Lo observé durante un rato. Él
pareció darse cuenta y levantó la cabeza para mirarme. Se quitó las gafas de
sol y me sonrió. Tenía unos preciosos ojos color miel. El corazón empezó a
latirme con fuerza y me sobresalté. Dudé qué hacer durante un momento, pero mi
cuerpo reaccionó por mí y le devolví la sonrisa.
El chico colocó un marca páginas
en el interior del libro, lo cerró y se levantó. Cogió su coca-cola y se acercó
hasta mi mesa.
-¿Te importa si me siento
contigo?
-Claro que no-aseguré,
sintiéndome un poco tonta. Era bastante guapo, la verdad. No una belleza
cegadora, pero había algo especial en él.
-Me llamo Miguel. ¿Y tú?
-Sandra.
-Un nombre precioso.
-Gracias-mi sonrisa se hizo
más amplia y tuve que ocultarla bebiendo un poco de batido-. El tuyo también es
bonito.
Miguel se rió y se tiró un
poco del cuello de la camiseta, abanicándose.
-Hoy hace mucho calor, ¿no
crees?
-La verdad es que sí. Es una
de las peores tardes de todo este verano.
-¿Eres de aquí?
-Sí-reí.
-¿En serio? No lo
parece-bromeó, divertido y sorprendido.
-Debo de ser una de las pocas
chicas de la zona que no está morena. Gajes del oficio. Y tampoco es que pueda
tomar mucho el sol.
-¿Y eso?
Estiré las piernas y me
levanté la falda larga que llevaba por encima de las rodillas para
enseñárselas. Mi pierna derecha estaba adornada por cuatro cicatrices desde la
rodilla hasta el tobillo. No eran demasiado grandes, aunque la de la rodilla
resultaba bastante vistosa.
-¿Pierna rota?
-Sí-reí-. ¿No serás médico?
-No. Pero mi padre sí. ¿Qué te
pasó?
-Un capullo en
contramano-sonreí, rodando los ojos.
-Joder. Lo siento mucho.
-No pasa nada. Fue hace dos
años. Pero no puedo tomar aún el sol en las piernas, así que prefiero
mantenerme alejada del sol. Y aunque lo tomara, no me broncearía. Soy demasiado
blanca.
-Es cierto que pareces del
norte. Eso está bien. Alguien diferente entre la multitud.
Su respuesta me sorprendió
agradablemente. Volví a beber y él me imitó. Lo cierto es que no debería estar
hablando con él, pero había resultado ser un chico muy agradable.
-¿Qué leías?-inquirí, para
continuar escuchando su bonita voz.
-Sinsajo, de Suzanne Collins. Es
un libro genial.
-¡A mí me encantó! Acabé el
tercero hace poco.
-La historia es muy buena.
Hacía años que un libro no me enganchaba de esa forma.
-¿No te ha dado pena el final?
-Aún no he llegado ¿Tú lloraste?-rió.
-¡No!-respondí, en el mismo
tono-Bueno, quizás un poco. ¡Era horrible! ¡Como si todo su esfuerzo al final
hubiera sido en vano! Pero no pienso decirte nada. No quiero desvelártelo.
-¡Eso, eso!
Continuamos hablando de los
libros que nos gustaban hasta perder la noción del tiempo. El sonido de mi móvil
nos devolvió a la vida real: era mi prima la que llamaba.
-¿Qué ocurre, Cleo?
-¡Emergencia! ¡No sé qué
ponerme esta noche! ¿Tú que vas a llevar puesto!
-Lo cierto es que no tengo ni
idea, no me acordaba de que habíamos quedado.
-No irás a dejarme tirada,
¿verdad?
-Por supuesto que no. ¿Qué
hora es?
-Las ocho y veinte-me contestó
Miguel.
-Gracias-murmuré, antes de
volver con la conversación.
-¿San? ¿Eso era un chico? ¿Al
que yo no conozco?
-¡Shh! ¡Luego te cuento! ¿A
qué hora habíamos quedado?
-A las diez en casa de María.
-Allí estaré. ¡Hasta luego!
-¡Adios, rubia!
Colgué y me disculpé con
Miguel.
-Me ha encantado nuestra
conversación, pero tengo que irme.
-No te preocupes, pero no
puedes marcharte sin darme tu número. Te lo prohíbo-bromeó. Me reí. Ni siquiera
tendría que haber empezado a hablar con él, así que qué más daba.
Nos intercambiamos los móviles
y recogí mi bolso y mi libro. Nos levantamos y él se acercó a mí. Me dio un
beso en la mejilla, volvió a ponerse las gafas de sol y me lanzó una sonrisa
deslumbrante.
-Nos vemos, Sandra.
-Chao.
Lo observé alejarse. Vaya
culo, Dios mío. Suspiré y me giré. Si no me daba prisa llegaría tarde a casa de
María y Cleo no me lo perdonaría en la vida.
jueves, 1 de marzo de 2012
Cita a ciegas
El café es oscuro y pequeño. De fondo se escucha un
rock and roll de los ochenta que hace que le entren ganas de bailar. Laura
marca el ritmo con el pie. Bebe de su café y mira el reloj. Su acompañante
llega 10 minutos tarde y está nerviosa. Tiene ganas de marcharse. Decide
esperar 5 minutos más. Si no llega, se irá.
Cuanto solo quedan unos segundos, un chico joven se
acerca hasta su mesa. Jadea. Ha llegado corriendo al local.
-¿Eres Laura?
Ella asiente con la cabeza, asombrada. Sonríe
levemente.
-¿Y tú Mario?
Él repite su gesto y la sonrisa de Laura se
ensancha. La camarera se acerca y Mario pide un café con leche y un vaso de
agua. Se gira para mirarla y se sonríe al ver su expresión.
-¿Te ha hecho gracia mi aparición estelar?
-Sí, un poco. Me ha recordado a una persona que
conozco.
-Ah, ¿sí? ¿Cómo se llama?
-No lo sé. Lo conocí por internet y solo utilizamos
seudónimos.
-Clara ya me había contado que te encanta chatear.
-Y a mí me dijo que tú también te pegas todo el día
pegado al ordenador.
La camarera llega con las bebidas de Mario. Él las
agradece, coge la taza y da un sorbo tras señalar a Laura con ella.
-Touché.
Laura sonríe y sacude la cabeza en un gesto
negativo.
-No sé si deberíamos haber aceptado esta cita. ¿No
te parece ridículo?
-¿Por qué? ¿Tan feo soy?-comenta Mario, agarrándose
la camisa en un gesto teatral. Ella ríe.
-¡No, no! No me refería a eso. Es solo que… No sé…
Es… Extraño.
-No voy a negarte que es un poco incómodo, pero
podemos pasarlo bien-Mario saca la cartera, saca un billete y lo deja sobre la
mesa-. Vamos. Yo invito.
Mario le tiende la mano a Laura. Ella duda, pero la
toma y salen juntos del local.
-¿Qué te apetece hacer? ¿Te gusta el cine?
-Mucho. Sobre todo las películas de terror.
-¿En serio? Yo las odio. Las encuentro…
Desagradables.
-¿Un hombre como tú asustado de un bichito de
mentira?-Laura ríe-¿Qué tipo te gustan? ¿Las comedias románticas?
-Pues sí, lista.
Laura se para de repente. Mario la mira con una ceja
alzada, extrañado.
-¿Ocurre algo?
-¿Tu película favorita es Poderosa Afrodita, de
Woody Allen?
Mario se vuelve hacia ella con los ojos muy abiertos.
-Sí. ¿Cómo lo has adivinado?
-Mi película favorita es El Resplandor y odio la
saga de Paranormal Activity. Adoro el helado de chocolate con menta y me
encantaría vivir en Nueva York algún día.
Mario se lleva las manos a la cabeza y suelta una
carcajada.
-¡No me jodas! ¡¿Eres Nono-Nono26?!
-¡Y tú MinyMouse25!
Ambos se miran durante un momento sin creerlo y, de
repente, empiezan a reír como locos.
-No me lo puedo creer-consigue decir Mario-.¡Eres
una tía!
-Y tú un tío. No me lo hubiera esperado en la vida.
¿Por qué te haces pasar por una chica?
-Es divertido. ¿Por qué finges ser un chico?
-Porque es divertido. Y porque los tíos de los chats
son muy, muy, muy pesados.
-Cuando se lo contemos a Clara no se lo va a creer.
-Ni en un millón de años. Pensará que estamos locos.
-Bueno, al menos esta cita a ciegas no será tan
mala, ¿no crees?
-La verdad es que acaba de volverse muy
interesante-sonríe Laura, acercándose de nuevo a Mario.
-Y como ahora que sé quién eres, Nono-Nono, estoy
seguro de que querrás que veamos la nueva de Johnny Depp, ¿no es cierto?
-Qué bien me conoces, MinyMouse25. Qué bien me
conoces.
domingo, 26 de febrero de 2012
Obsesión
La gente tiene obsesiones. Sueños. Pasiones. Hay cosas que nos llaman irrevocablemente, que se entierran en nuestro interior como las raíces de un roble centenario. Tienen la fuerza de un huracán, no nos permiten dormir ni pensar en otra cosa. Nos entretienen, nos atrapan, juegan con nosotros y nuestras emociones hasta hacerlas desaparecer. Pero no están tranquilas con eso. Tienen que despedazarnos y después salvarnos para que parezca que solo esas pequeñas y pesadas cosas son las que nos mantienen con vida. Y lo peor de todo es que hay veces que no puedes discernir qué es una obsesión y qué no lo es. Cuando no eres capaz de diferenciar, es que te han atrapado irrevocablemente. Ya no hay escapatoria. Solo puedes dejarte llevar como un barco a la deriva.
Intenta agarrarte a los salvavidas que veas, pero nada te asegurará que volverás a vivir sanamente de nuevo.
Intenta agarrarte a los salvavidas que veas, pero nada te asegurará que volverás a vivir sanamente de nuevo.
lunes, 30 de enero de 2012
Manicomio
Bueno, aquí tenéis un pequeño fragmento de lo que espero será una historia más grande. Está basado en un sueño que tuve hace unos días, lo escribí casi sobre la marcha, así que perdonad si hay incorrecciones en el texto. Siento no pararme a corregirlo, pero lo cierto es que ahora mismo no tengo ganas ni fuerzas-sad smile-. Solo espero que lo disfrutéis y que no os parezca demasiado duro. Un saludo a todos.
El efecto del sedante pareció remitir un poco. Estaba tirada
en la cama, incapaz de moverme, incapaz de abrir los ojos. Casi no tenía
fuerzas para respirar. Estaba tumbada de lado y un brazo me oprimía el pecho lo
suficiente como para dificultar su movimiento. Me sentía débil y sabía que, si
intentaba moverme, me marearía hasta límites insospechados.
El pasillo estaba completamente en silencio por una vez. En
los otros era habitual que algún enfermo se levantara, diera golpes o hablara
en sueños. Pero en este no. Aquí todos se mantenían bajo los efectos de la
droga la mayor parte del tiempo. Volver otra vez allí era… Era…
De repente, dejé de oír hasta mi propia respiración. La
contuve, porque un susurro en el pasillo llegó a mis oídos a través de la calma
de la noche. Pude reconocerlo. Eran iguales que aquella vez.
Pasos. Tranquilos, completamente medidos. Acechantes. Como
los de los depredadores cuando cazaban. Y se acercaban cada vez más. Mi corazón
se aceleró y me ahogué un poco más, esta vez de angustia. Abrí los ojos y
escudriñé frenéticamente la vacía habitación, la puerta cerrada. El miedo había
dejado un grito atascado en mi garganta y me impedía hablar.
Lo vi aparecer recortado en el umbral. No era más que una
sombra, pero su presencia me recordó todo lo terrorífico de mi existencia, mis
temores en su estado más puro.
-No, por favor… Por favor…
La figura se acercó hasta la cama. Me encogí sobre mí misma,
queriendo alejarme de su alcance, pero mi espalda ya estaba pegada a la pared.
Se sentó sobre la cama y el colchón se hundió bajo su peso. Alargó una mano y
gemí, haciéndome un poco más pequeña. Sus dedos me acariciaron el pelo y
comencé a rezar.
-Shhh… Tranquila, no voy a hacerte daño-todo mi ser deseaba
creerlo. Deseaba olvidarse de aquel miedo. Sentía que si me tensaba un poco más
acabaría estallando en pedazos. Su mano era suave en mi pelo y mi mente estaba
bloqueada. Llegada a un punto de no retorno, sus palabras apagaron el
interruptor y me dejé llevar por aquella caricia. A lo mejor me había
equivocado. A lo mejor era un celador preocupado por mí. A lo mejor Michael
había venido a salvarme…
-Eres tan hermosa…-me tensé de nuevo. Esa voz no era la de
Michael. Ese hombre nunca había ido en son de paz. Su mano ya no me
tranquilizaba. Quería que dejara de tocarme. ¡Deja de tocarme!-No debería
existir algo tan hermoso como tú… Incitas al pecado… El pecado no debería
existir, y tú.. ¡No eres más que una prueba que el Todopoderoso ha colocado
ante mí! Y la carne es débil, palomita, muy débil. Somos humanos, pobres
humanos, que necesitan cubrir sus necesidades… Yo soy humano, pero tú… Tú no lo
eres. Solo eres un objeto. Un bello objeto deseando ser usado…
Su voz era tan tranquila, tan serena… Estaba tan convencido
de que lo estaba haciendo bien que me aterraba aún más. El doctor Seagle era un
hombre tranquilo, flemático, pero aquel tono… Yo era la encerrada en aquel
horroroso lugar. Yo era la enferma, pero él había sido contagiado tras años
trabajando en aquel edificio.
Y aunque sabía todo aquello, no pude evitar que el flujo de
sus palabras hicieran mella en mi mente. Lo creí sin poder evitarlo. Tenía que
tener razón. Yo no era nada… No podía ser nada. No podía ser importante. Si
había Alguien allí arriba, yo no era más que una mota de polvo a sus pies,
porque si no… No había nada que justificara aquel dolor, aquel miedo, aquella
angustia y soledad si realmente Alguien velaba por mí.
Cuando me di cuenta su mano se había deslizado desde mi pelo
a mi pie. Ascendía por mi pierna como una culebra y recordé, súbitamente, una
de mis primeras noches allí. Cuando tuve aquel sueño tan extraño… Aquel sueño
mezclado con realidad. Aquel sueño de un hombre en mi habitación mientras yo no
podía moverme. Y entonces me di cuenta de lo que había pasado. Eso no había
sido un sueño. Y el doctor Seagle pretendía hacer lo mismo.
Su mano llegó a mi muslo cuando encontré la fuerza
suficiente como para moverme.
-¡No!-exclamé, con voz estrangulada. Me revolví y le di una
patada. Supuse que le había dado en el estómago porque se dobló por la mitad y
tosió. Yo me arrastré por la cama hasta la almohada y los barrotes del
cabecero. Iba recobrando mis fuerzas poco a poco y mi voz iba alzándose
también. Grité pidiendo ayuda.
-Maldita retrasada…-escupió él, cogiéndome los tobillos.
Tiró de mí y me tumbó de nuevo. Yo chillaba y me revolvía, intentando
golpearlo. Se tiró sobre mí, impidiéndome que me moviera. Me abrió las piernas
con las rodillas. Tenía todo su peso sobre mí y no podía mover los brazos.
Metió una mano entre mis piernas y yo chillé de dolor. Empecé a llorar y a
gritar más fuerte.
-¡MICHAEL!-mi voz fue un alarido agudo. La angustia me
estallaba en el pecho y estaba ahogándome en mis propias lágrimas. Su otra mano
me cogió la cara, apretándomela con fuerza. Intentó que dejara la cabeza quieta
mientras se bajaba la cremallera del pantalón. Yo chillaba cada vez más fuerte.
¡¿Es que no había nadie que pudiera ayudarme?! ¡¿Dónde estaba Michael?! ¡¿Dónde
estaba el señor Huntington?! ¡¿Y el resto de celadores?! ¡¿Y LOS ENFERMOS?!
-Grita cuanto quieras, pequeña furcia. Nadie va a oírte. Y
Michael no está aquí para salvarte esta vez. ¡Eres mía!
Noté su miembro entre mis piernas y di un alarido de dolor y
miedo.
-¡Socorro! ¡Ayudadme!
Intentó besarme y mordí su boca. Intentó apartarse de mí, me
golpeó con fuerza, pero solo consiguió que apretara más los dientes, como un
perro de presa. Pero me dio un puñetazo en la cabeza y caí al suelo desde la
cama, golpeándome con fuerza. Perdí la consciencia un momento y todo se puso
borroso. Los oídos me pitaban y me dolía la cabeza terriblemente. Algo pegajoso
corría por mi mejilla.
Un par de manos tiraron de mí agarrándome por el cuello del
camisón para volver a lanzarme contra el suelo un instante después. Gemí por el
golpe y volví a hacerlo cuando me dio una patada en el estómago. Escupí un
diente mezclando con sangre, a medias suya y a medias mía.
-¡Voy a matarte!-aulló. Sus manos se cerraron alrededor de
mi cuello y el flujo de aire se cortó casi instantáneamente. Boqueé y arañé sus
manos, intentando que me soltara. Pero era imposible.
Había visto a gente en ese estado antes. Algunos enfermos
llegaban a esos extremos a veces. Entonces lo reducían, porque no había forma
de razonar con ellos, y los sedaban para llevárselos a la sala de los
electrodos. Cuando volvía a verlos ya se habían calmado y volvían a ser
inofensivos, pero yo no volvía a fiarme nunca de ellos. Eran como bombas de
relojería. Nunca se sabía cuando iban a estallar.
Volvía a perder el hilo de mis pensamientos y mis ojos se
nublaban cuando la luz del pasillo se encendió. Un grupo de personas apareció
en la puerta y se abalanzaron sobre nosotros. La presión se relajó y noté que
un celador me agarraba por la cintura. Otros tres habían separado al doctor
Seagle de mí. Él forcejeaba y gritaba, completamente fuera de sí. Una de las
enfermeras, la que llevaba la jeringuilla, no dudó en clavarla en su brazo. El
doctor soltó un grito, pero poco después dejó de moverse y cayó como un muñeco
sin vida en los brazos de los otros. El celador me dejó tumbada en la cama y se
lo llevaron. El pasillo se llenó de ruido durante unos instantes, pero después
todo se sumió de nuevo en el silencio. La luz se apagó y me quedé sumida de
nuevo en la oscuridad.
Minutos después conseguí volver a respirar con normalidad,
pero el ritmo de los latidos de mi corazón seguía siendo trepidante. Mis manos
continuaban atadas y notaba un fuerte dolor en la cabeza, la cara y el
estómago. Solo oía el fuerte sonido de mi respiración, pero de repente estallé
en sollozos. Gemí y chillé de miedo con las lágrimas corriendo por mi cara,
haciendo surcos en la sangre. Tiré de mi camisón y me froté el cuerpo como
pude, sintiéndome sucia y miserable. Deseando morir. Conseguí ponerme en pie,
tambaleante. Di un par de pasos e hice una nueva mueca de dolor. Miré al suelo
y vi que las gafas del doctor Seagle se habían roto. Continué cojeando y salí
al pasillo.
Deambulé por los corredores como un alma en pena. Algunos
enfermos se asomaron a través de los barrotes de sus puertas. Unos se rieron,
otros se apartaron, asustados como si hubieran visto un fantasma, y la mayoría
me miró sin mostrar sentimiento alguno en sus rostros.
Quería escapar, quería marcharme de allí. Pero sabía que era
inútil, porque la casa estaba cerrada a cal y canto por las noches y los
celadores vigilaban. Mis pasos perdidos acabaron llevándome a la sala del
lectura. Empujé la puerta y me metí dentro. Los grandes ventanales dejaban
entrar la luz de la luna. Caminé hasta llegar a un rincón cubierto por uno de
los sillones. Estaba tan delgada que cabía por detrás y me escondí allí. Seguía
llorando, pero era incapaz de emitir sonido alguno. Me encogí en aquella
esquina, temblorosa y con los ojos abiertos como platos. No podía pensar con
claridad. Solo había dos palabras en mi cabeza y se repetían como el goteo
incesante de un grifo, como un martilleo, como un agónico grito.
“Quiero morir, quiero morir, quiero morir, quiero morir,
quiero morir, quiero morir…”
miércoles, 25 de enero de 2012
La barra del bar
Sorry, pero no puedo controlarme más. Aquí tenéis un nuevo relato corto, a ver qué os parece. Tengo un par más que iré colgando en los próximos días. ¡Disfrutadlos!
Éste está basado en la canción "Dos cigarros y una estampa" de Lorca, concretamente de su último disco, La Frecuencia Perfecta. Conseguidlo, no tiene desperdicio.
Éste está basado en la canción "Dos cigarros y una estampa" de Lorca, concretamente de su último disco, La Frecuencia Perfecta. Conseguidlo, no tiene desperdicio.
Seis
meses después todo seguía igual. Bueno, todo no. Yo no.
Me
acerqué a la barra y le pedí una cerveza al viejo camarero. No me reconoció, y
eso que me había llevado años tirado sobre el cristal de las ensaladillas.
Coloqué un euro sobre la mesa y lo cogió más rápido que una serpiente de
cascabel.
Di
un trago y repasé las vetas de la oscura madera con los dedos. La oscuridad era
la misma, pero me faltaba el humo del tabaco. Ese que le daba el olor
característico a los bares de mala muerte, el único lugar del mundo en el que
me encontraba a gusto.
Solo
echaba de menos una cosa. Sus ojos. Y esa sonrisa de diablesa en su cara de
niña buena.
En
la radio comenzó a sonar una de sus canciones favoritas. Esbocé una media
sonrisa, irónico, y me acabé el vaso de un trago. Pedí otro automáticamente,
perdido en mis recuerdos.
Ella
solo tenía diecinueve años cuando la vi por primera vez en aquel lugar. Casi no
podía tenerme en pie, pero no sé cómo llegué esa tarde al bar y comencé con mi
ronda habitual. Por aquel entonces hacía cualquier cosa por escapar de mi
asquerosa vida en la que, por cierto, me había metido yo solito.
Ella
había entrado con su aire de Disney a comprar un paquete de tabaco. Recuerdo
que pensé que un ser tan bonito no debía mancillar su cuerpo con algo tan
mundano. Se colocó a mi lado en la barra y su aroma me despejó la cabeza de
golpe. El colocón se me bajó en un parpadeo y pude observarla con más atención.
Se dio cuenta de que la miraba y, cuando tuvo el paquete en su mano, lo abrió y
sacó un cigarro. Se lo colocó en los labios, mirándome con una ceja enarcada.
Saqué el mechero y se lo encendí. No podía apartar la vista de sus ojos
traviesos. Le dio una calada y me puso el cigarrillo en los labios. Después se
largó.
De
la noche a la mañana empecé a verla todos los días. Ella ya estaba siempre
sentada en uno de los rincones, en un taburete alto junto a la barra. Y siempre
estaba distinta. Un día llevaba un libro, otro no paraba de teclear en el móvil
a velocidad supersónica. A veces iba tan tapada como una monja y otras hubiera
sido la envidia de cualquier mujer de la calle. Unos días bebía café, otros
cerveza y llegué a verla incluso con un vaso de agua. Y siempre un paquete de
cigarros a su lado.
Al
principio fue el juego de miradas, hasta que en uno de mis días sobrios decidí
acercarme y sentarme a su lado. No me acuerdo de su nombre. Lo cierto era que
me interesaba más el movimiento de sus labios, el sonido de su voz y la forma
que tenía de moverse que lo que me decía en sí. Pero había momentos en los que
me sorprendía. Me sorprendía su locura infantil, sus sueños y esperanzas. Yo
había dejado de tener de eso hacía mucho.
Lo
cierto es que con sus comentarios inocentes me hizo replantearme muchas cosas.
Pero ninguno de aquellos pensamientos duraba demasiado. Mis vicios eran
demasiados y mi alma estaba demasiado carcomida. El diablo me tenía demasiado bien
agarrado como para dejarme ir sin consecuencias.
La última
vez que la había visto había sido la noche en la que había estado a punto de
morir. Supongo que fue una mezcla de todo. Nunca llegué a saberlo con
seguridad, aunque tampoco es que me lo preguntara demasiado. No me acordaba de
gran cosa, todo sea dicho.
Algo me había hecho tocar fondo. No recordaba el qué. En ese momento estaba bastante borracho y aquel suceso fue como darme de bruces contra la realidad. He de alegar en mi defensa que en esos momentos no me hacía falta mucho para hundirme en la miseria. La mierda me llegaba al cuello y esa noche me ahogó.
Algo me había hecho tocar fondo. No recordaba el qué. En ese momento estaba bastante borracho y aquel suceso fue como darme de bruces contra la realidad. He de alegar en mi defensa que en esos momentos no me hacía falta mucho para hundirme en la miseria. La mierda me llegaba al cuello y esa noche me ahogó.
Por
suerte ella estaba allí para hacerme de salvavidas. Recuerdo haberme despertado
en el hospital un momento y ver sus ojos. ¿Había lágrimas en ellos? Puede que
más bien estuvieran en los míos. Esa niña me rompía el alma. Sacaba lo mejor y
lo peor de mí. ¿Cómo coño lo hacía?
Seis
meses de desintoxicación después, allí estaba de nuevo. En el primer paso de
aquel círculo vicioso.
Se
me había acabado la cerveza de nuevo. Miré un rato como la espuma se deslizaba
hacia el fondo y pedí un vaso de agua. Reí para mis adentros. Algo tenía que
haber aprendido de todo ese tiempo.
-Disculpe,
señorita, pero aquí no se puede fumar.
Antes
de que el viejo hablara yo ya había captado el olor a tabaco. Tenía el olfato
de un perro de presa para esas cosas. Solo había una persona capaz de actuar
con aquel descaro.
Miré
por encima del hombro y la vi acercarse a la barra, a mi lado. Ese tiempo de
descanso le había dado el empujón definitivo. Era toda una mujer. Completamente
distinta, pero la misma sonrisa. El mismo brillo en los ojos que me paraba el
corazón y me estremecía el alma.
Se
quitó el cigarro de los labios y me lo tendió. Le di una calda y, cuando lo
aparté, se agachó sobre mí y me besó en la boca.
La
acerqué a mí cogiéndola por la cintura. En ese momento dejaron de importarme
muchas cosas. Dejaron de importarme mis débiles esperanzas, mi promesa de ser
un niño bueno, los diez años que le llevaba y la razón de mi cara a cara con la
muerte. Lo había recordado de golpe al verla. Pero ya me importaba una mierda.
Solo
me importaban sus labios y su lengua atormentadora. La boca que me había tenido
en vilo desde que había puesto los ojos en ella. Todo me importaba una mierda.
Porque
una vez que se alcanza el objetivo, todo el camino recorrido se borra de golpe.
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