lunes, 30 de enero de 2012

Manicomio

Bueno, aquí tenéis un pequeño fragmento de lo que espero será una historia más grande. Está basado en un sueño que tuve hace unos días, lo escribí casi sobre la marcha, así que perdonad si hay incorrecciones en el texto. Siento no pararme a corregirlo, pero lo cierto es que ahora mismo no tengo ganas ni fuerzas-sad smile-. Solo espero que lo disfrutéis y que no os parezca demasiado duro. Un saludo a todos.


El efecto del sedante pareció remitir un poco. Estaba tirada en la cama, incapaz de moverme, incapaz de abrir los ojos. Casi no tenía fuerzas para respirar. Estaba tumbada de lado y un brazo me oprimía el pecho lo suficiente como para dificultar su movimiento. Me sentía débil y sabía que, si intentaba moverme, me marearía hasta límites insospechados.
El pasillo estaba completamente en silencio por una vez. En los otros era habitual que algún enfermo se levantara, diera golpes o hablara en sueños. Pero en este no. Aquí todos se mantenían bajo los efectos de la droga la mayor parte del tiempo. Volver otra vez allí era… Era…
De repente, dejé de oír hasta mi propia respiración. La contuve, porque un susurro en el pasillo llegó a mis oídos a través de la calma de la noche. Pude reconocerlo. Eran iguales que aquella vez.
Pasos. Tranquilos, completamente medidos. Acechantes. Como los de los depredadores cuando cazaban. Y se acercaban cada vez más. Mi corazón se aceleró y me ahogué un poco más, esta vez de angustia. Abrí los ojos y escudriñé frenéticamente la vacía habitación, la puerta cerrada. El miedo había dejado un grito atascado en mi garganta y me impedía hablar.
Lo vi aparecer recortado en el umbral. No era más que una sombra, pero su presencia me recordó todo lo terrorífico de mi existencia, mis temores en su estado más puro.
-No, por favor… Por favor…
La figura se acercó hasta la cama. Me encogí sobre mí misma, queriendo alejarme de su alcance, pero mi espalda ya estaba pegada a la pared. Se sentó sobre la cama y el colchón se hundió bajo su peso. Alargó una mano y gemí, haciéndome un poco más pequeña. Sus dedos me acariciaron el pelo y comencé a rezar.
-Shhh… Tranquila, no voy a hacerte daño-todo mi ser deseaba creerlo. Deseaba olvidarse de aquel miedo. Sentía que si me tensaba un poco más acabaría estallando en pedazos. Su mano era suave en mi pelo y mi mente estaba bloqueada. Llegada a un punto de no retorno, sus palabras apagaron el interruptor y me dejé llevar por aquella caricia. A lo mejor me había equivocado. A lo mejor era un celador preocupado por mí. A lo mejor Michael había venido a salvarme…
-Eres tan hermosa…-me tensé de nuevo. Esa voz no era la de Michael. Ese hombre nunca había ido en son de paz. Su mano ya no me tranquilizaba. Quería que dejara de tocarme. ¡Deja de tocarme!-No debería existir algo tan hermoso como tú… Incitas al pecado… El pecado no debería existir, y tú.. ¡No eres más que una prueba que el Todopoderoso ha colocado ante mí! Y la carne es débil, palomita, muy débil. Somos humanos, pobres humanos, que necesitan cubrir sus necesidades… Yo soy humano, pero tú… Tú no lo eres. Solo eres un objeto. Un bello objeto deseando ser usado…
Su voz era tan tranquila, tan serena… Estaba tan convencido de que lo estaba haciendo bien que me aterraba aún más. El doctor Seagle era un hombre tranquilo, flemático, pero aquel tono… Yo era la encerrada en aquel horroroso lugar. Yo era la enferma, pero él había sido contagiado tras años trabajando en aquel edificio.
Y aunque sabía todo aquello, no pude evitar que el flujo de sus palabras hicieran mella en mi mente. Lo creí sin poder evitarlo. Tenía que tener razón. Yo no era nada… No podía ser nada. No podía ser importante. Si había Alguien allí arriba, yo no era más que una mota de polvo a sus pies, porque si no… No había nada que justificara aquel dolor, aquel miedo, aquella angustia y soledad si realmente Alguien velaba por mí.
Cuando me di cuenta su mano se había deslizado desde mi pelo a mi pie. Ascendía por mi pierna como una culebra y recordé, súbitamente, una de mis primeras noches allí. Cuando tuve aquel sueño tan extraño… Aquel sueño mezclado con realidad. Aquel sueño de un hombre en mi habitación mientras yo no podía moverme. Y entonces me di cuenta de lo que había pasado. Eso no había sido un sueño. Y el doctor Seagle pretendía hacer lo mismo.
Su mano llegó a mi muslo cuando encontré la fuerza suficiente como para moverme.
-¡No!-exclamé, con voz estrangulada. Me revolví y le di una patada. Supuse que le había dado en el estómago porque se dobló por la mitad y tosió. Yo me arrastré por la cama hasta la almohada y los barrotes del cabecero. Iba recobrando mis fuerzas poco a poco y mi voz iba alzándose también. Grité pidiendo ayuda. 
-Maldita retrasada…-escupió él, cogiéndome los tobillos. Tiró de mí y me tumbó de nuevo. Yo chillaba y me revolvía, intentando golpearlo. Se tiró sobre mí, impidiéndome que me moviera. Me abrió las piernas con las rodillas. Tenía todo su peso sobre mí y no podía mover los brazos. Metió una mano entre mis piernas y yo chillé de dolor. Empecé a llorar y a gritar más fuerte.
-¡MICHAEL!-mi voz fue un alarido agudo. La angustia me estallaba en el pecho y estaba ahogándome en mis propias lágrimas. Su otra mano me cogió la cara, apretándomela con fuerza. Intentó que dejara la cabeza quieta mientras se bajaba la cremallera del pantalón. Yo chillaba cada vez más fuerte. ¡¿Es que no había nadie que pudiera ayudarme?! ¡¿Dónde estaba Michael?! ¡¿Dónde estaba el señor Huntington?! ¡¿Y el resto de celadores?! ¡¿Y LOS ENFERMOS?!
-Grita cuanto quieras, pequeña furcia. Nadie va a oírte. Y Michael no está aquí para salvarte esta vez. ¡Eres mía!
Noté su miembro entre mis piernas y di un alarido de dolor y miedo.
-¡Socorro! ¡Ayudadme!
Intentó besarme y mordí su boca. Intentó apartarse de mí, me golpeó con fuerza, pero solo consiguió que apretara más los dientes, como un perro de presa. Pero me dio un puñetazo en la cabeza y caí al suelo desde la cama, golpeándome con fuerza. Perdí la consciencia un momento y todo se puso borroso. Los oídos me pitaban y me dolía la cabeza terriblemente. Algo pegajoso corría por mi mejilla.
Un par de manos tiraron de mí agarrándome por el cuello del camisón para volver a lanzarme contra el suelo un instante después. Gemí por el golpe y volví a hacerlo cuando me dio una patada en el estómago. Escupí un diente mezclando con sangre, a medias suya y a medias mía.
-¡Voy a matarte!-aulló. Sus manos se cerraron alrededor de mi cuello y el flujo de aire se cortó casi instantáneamente. Boqueé y arañé sus manos, intentando que me soltara. Pero era imposible.
Había visto a gente en ese estado antes. Algunos enfermos llegaban a esos extremos a veces. Entonces lo reducían, porque no había forma de razonar con ellos, y los sedaban para llevárselos a la sala de los electrodos. Cuando volvía a verlos ya se habían calmado y volvían a ser inofensivos, pero yo no volvía a fiarme nunca de ellos. Eran como bombas de relojería. Nunca se sabía cuando iban a estallar.
Volvía a perder el hilo de mis pensamientos y mis ojos se nublaban cuando la luz del pasillo se encendió. Un grupo de personas apareció en la puerta y se abalanzaron sobre nosotros. La presión se relajó y noté que un celador me agarraba por la cintura. Otros tres habían separado al doctor Seagle de mí. Él forcejeaba y gritaba, completamente fuera de sí. Una de las enfermeras, la que llevaba la jeringuilla, no dudó en clavarla en su brazo. El doctor soltó un grito, pero poco después dejó de moverse y cayó como un muñeco sin vida en los brazos de los otros. El celador me dejó tumbada en la cama y se lo llevaron. El pasillo se llenó de ruido durante unos instantes, pero después todo se sumió de nuevo en el silencio. La luz se apagó y me quedé sumida de nuevo en la oscuridad.
Minutos después conseguí volver a respirar con normalidad, pero el ritmo de los latidos de mi corazón seguía siendo trepidante. Mis manos continuaban atadas y notaba un fuerte dolor en la cabeza, la cara y el estómago. Solo oía el fuerte sonido de mi respiración, pero de repente estallé en sollozos. Gemí y chillé de miedo con las lágrimas corriendo por mi cara, haciendo surcos en la sangre. Tiré de mi camisón y me froté el cuerpo como pude, sintiéndome sucia y miserable. Deseando morir. Conseguí ponerme en pie, tambaleante. Di un par de pasos e hice una nueva mueca de dolor. Miré al suelo y vi que las gafas del doctor Seagle se habían roto. Continué cojeando y salí al pasillo.
Deambulé por los corredores como un alma en pena. Algunos enfermos se asomaron a través de los barrotes de sus puertas. Unos se rieron, otros se apartaron, asustados como si hubieran visto un fantasma, y la mayoría me miró sin mostrar sentimiento alguno en sus rostros.
Quería escapar, quería marcharme de allí. Pero sabía que era inútil, porque la casa estaba cerrada a cal y canto por las noches y los celadores vigilaban. Mis pasos perdidos acabaron llevándome a la sala del lectura. Empujé la puerta y me metí dentro. Los grandes ventanales dejaban entrar la luz de la luna. Caminé hasta llegar a un rincón cubierto por uno de los sillones. Estaba tan delgada que cabía por detrás y me escondí allí. Seguía llorando, pero era incapaz de emitir sonido alguno. Me encogí en aquella esquina, temblorosa y con los ojos abiertos como platos. No podía pensar con claridad. Solo había dos palabras en mi cabeza y se repetían como el goteo incesante de un grifo, como un martilleo, como un agónico grito.
“Quiero morir, quiero morir, quiero morir, quiero morir, quiero morir, quiero morir…”



miércoles, 25 de enero de 2012

La barra del bar

Sorry, pero no puedo controlarme más. Aquí tenéis un nuevo relato corto, a ver qué os parece. Tengo un par más que iré colgando en los próximos días. ¡Disfrutadlos!
Éste está basado en la canción "Dos cigarros y una estampa" de Lorca, concretamente de su último disco, La Frecuencia Perfecta. Conseguidlo, no tiene desperdicio.


Seis meses después todo seguía igual. Bueno, todo no. Yo no.
Me acerqué a la barra y le pedí una cerveza al viejo camarero. No me reconoció, y eso que me había llevado años tirado sobre el cristal de las ensaladillas. Coloqué un euro sobre la mesa y lo cogió más rápido que una serpiente de cascabel.
Di un trago y repasé las vetas de la oscura madera con los dedos. La oscuridad era la misma, pero me faltaba el humo del tabaco. Ese que le daba el olor característico a los bares de mala muerte, el único lugar del mundo en el que me encontraba a gusto. 
Solo echaba de menos una cosa. Sus ojos. Y esa sonrisa de diablesa en su cara de niña buena.
En la radio comenzó a sonar una de sus canciones favoritas. Esbocé una media sonrisa, irónico, y me acabé el vaso de un trago. Pedí otro automáticamente, perdido en mis recuerdos.
Ella solo tenía diecinueve años cuando la vi por primera vez en aquel lugar. Casi no podía tenerme en pie, pero no sé cómo llegué esa tarde al bar y comencé con mi ronda habitual. Por aquel entonces hacía cualquier cosa por escapar de mi asquerosa vida en la que, por cierto, me había metido yo solito.
Ella había entrado con su aire de Disney a comprar un paquete de tabaco. Recuerdo que pensé que un ser tan bonito no debía mancillar su cuerpo con algo tan mundano. Se colocó a mi lado en la barra y su aroma me despejó la cabeza de golpe. El colocón se me bajó en un parpadeo y pude observarla con más atención. Se dio cuenta de que la miraba y, cuando tuvo el paquete en su mano, lo abrió y sacó un cigarro. Se lo colocó en los labios, mirándome con una ceja enarcada. Saqué el mechero y se lo encendí. No podía apartar la vista de sus ojos traviesos. Le dio una calada y me puso el cigarrillo en los labios. Después se largó.
De la noche a la mañana empecé a verla todos los días. Ella ya estaba siempre sentada en uno de los rincones, en un taburete alto junto a la barra. Y siempre estaba distinta. Un día llevaba un libro, otro no paraba de teclear en el móvil a velocidad supersónica. A veces iba tan tapada como una monja y otras hubiera sido la envidia de cualquier mujer de la calle. Unos días bebía café, otros cerveza y llegué a verla incluso con un vaso de agua. Y siempre un paquete de cigarros a su lado.
Al principio fue el juego de miradas, hasta que en uno de mis días sobrios decidí acercarme y sentarme a su lado. No me acuerdo de su nombre. Lo cierto era que me interesaba más el movimiento de sus labios, el sonido de su voz y la forma que tenía de moverse que lo que me decía en sí. Pero había momentos en los que me sorprendía. Me sorprendía su locura infantil, sus sueños y esperanzas. Yo había dejado de tener de eso hacía mucho.
Lo cierto es que con sus comentarios inocentes me hizo replantearme muchas cosas. Pero ninguno de aquellos pensamientos duraba demasiado. Mis vicios eran demasiados y mi alma estaba demasiado carcomida. El diablo me tenía demasiado bien agarrado como para dejarme ir sin consecuencias.
La última vez que la había visto había sido la noche en la que había estado a punto de morir. Supongo que fue una mezcla de todo. Nunca llegué a saberlo con seguridad, aunque tampoco es que me lo preguntara demasiado. No me acordaba de gran cosa, todo sea dicho.
Algo me había hecho tocar fondo. No recordaba el qué. En ese momento estaba bastante borracho y aquel suceso fue como darme de bruces contra la realidad. He de alegar en mi defensa que en esos momentos no me hacía falta mucho para hundirme en la miseria. La mierda me llegaba al cuello y esa noche me ahogó.
Por suerte ella estaba allí para hacerme de salvavidas. Recuerdo haberme despertado en el hospital un momento y ver sus ojos. ¿Había lágrimas en ellos? Puede que más bien estuvieran en los míos. Esa niña me rompía el alma. Sacaba lo mejor y lo peor de mí. ¿Cómo coño lo hacía?
Seis meses de desintoxicación después, allí estaba de nuevo. En el primer paso de aquel círculo vicioso.
Se me había acabado la cerveza de nuevo. Miré un rato como la espuma se deslizaba hacia el fondo y pedí un vaso de agua. Reí para mis adentros. Algo tenía que haber aprendido de todo ese tiempo.
-Disculpe, señorita, pero aquí no se puede fumar.
Antes de que el viejo hablara yo ya había captado el olor a tabaco. Tenía el olfato de un perro de presa para esas cosas. Solo había una persona capaz de actuar con aquel descaro.
Miré por encima del hombro y la vi acercarse a la barra, a mi lado. Ese tiempo de descanso le había dado el empujón definitivo. Era toda una mujer. Completamente distinta, pero la misma sonrisa. El mismo brillo en los ojos que me paraba el corazón y me estremecía el alma.
Se quitó el cigarro de los labios y me lo tendió. Le di una calda y, cuando lo aparté, se agachó sobre mí y me besó en la boca.
La acerqué a mí cogiéndola por la cintura. En ese momento dejaron de importarme muchas cosas. Dejaron de importarme mis débiles esperanzas, mi promesa de ser un niño bueno, los diez años que le llevaba y la razón de mi cara a cara con la muerte. Lo había recordado de golpe al verla. Pero ya me importaba una mierda.
Solo me importaban sus labios y su lengua atormentadora. La boca que me había tenido en vilo desde que había puesto los ojos en ella. Todo me importaba una mierda.
Porque una vez que se alcanza el objetivo, todo el camino recorrido se borra de golpe. 

domingo, 8 de enero de 2012

Vuelvo en Febrero!!

Bueno, siento decir que hasta febrero mis neuronas estarán un poquito paradas... En realidad paradas no estarán, lo que estarán es concentradas al máximo para aprobar los exámenes de la facultad. Aish... Qué malo es ser estudiante universitario :P 
Pues eso, chic@s, espero que no se os haga muy larguito este mes. Para aquellos que estén en la misma situación, ¡mucha suerte! y para el resto... ¡Espero que también tengáis un buen e interesante mes! ¡Un beso a todos!

viernes, 30 de diciembre de 2011

Tonta enamorada 8. Capítulo final.

Bueno, os dije que antes de que acabara el año os dejaría el último capítulo de Tonta Enamorada. Y aquí está, recién salido del horno. Me hubiera gustado ponerlo antes, pero he tenido unos pequeños problemillas. Han sido unas semanas bastante interesantes. Pero bueno, espero que os guste el resultado y, si es así, sería maravilloso que compartierais con vuestra gente esta pequeña historia que con tanto cariño ha salido de mi corazón. 
Espero que os guste el final y sin nada más que añadir... ¡Feliz Navidad y próspero año 2012!



El día de la boda fue mucho más duro de lo que me esperaba. Estrené vestido nuevo, cosa que no hacía desde mucho tiempo antes. Yo quería que fuese negro, pero mi padre se negó rotundamente y tuve que conformarme con aquel violeta oscuro.
Habían pasado seis meses desde mi desafortunado descubrimiento. Mi padre y Caroline habían alquilado una nueva casa, una más grande, en la que viviríamos los cuatro. Ella y Dan se habían mudado ya allí y mis cosas también habían sido trasladadas, pero me había negado a irme de mi casa hasta después de la boda.
Tampoco había visto a Dan desde entonces. Nos habíamos evitado deliberadamente. Pero aquel día nos era imposible librarnos. A mí me obligaron a ser la dama de honor, por lo que no tuve que sentarme con él en la Iglesia. No oí ni una sola palabra de la ceremonia hasta aquellos “sí quiero” que para mí fueron como una sentencia al patíbulo. Nunca había tenido nada en mi vida, no había pedido nada y sentía que todo lo que pudiera haber deseado alguna vez me lo habían arrebatado con aquella simple frase.  
En el convite nos separaban dos únicas sillas: las de los recién casados. Yo no hablé demasiado durante la comida, pero Dan no pronunció ni una palabra. Cuando nuestros padres se levantaron para bailar lo miré un momento de reojo. Estaba muy guapo con aquel traje de pingüino.
Mi padre me interrumpió poco después y me sacó a bailar con él. Caroline hizo lo mismo con su hijo. Ambos nos resistimos, pero acabamos cediendo a regañadientes. Mientras sonaba aquel vals cruzamos nuestros ojos sin querer y el corazón se me detuvo en el pecho durante un breve instante.
La canción terminó, pero antes de que pudiera escaparme Caroline me cogió de la mano y me arrastró hacia donde estaba su hijo.
-Katy, ya conoces a Dan. Me gustaría que hablarais un poco, estoy segura de que os caeréis muy bien. Sois muy parecidos.
Unos invitados la reclamaron en aquel momento y tuvo que marcharse, pero sus dulces palabras siguieron en el ambiente un rato más. Nos quedamos mirando el suelo, sin saber qué decir, hasta que Dan me preguntó:
-¿Bailamos?
Acepté, a sabiendas de que si lo hacíamos no podríamos hablar. Y bailamos durante todo la noche. Toda la música que nos pusieron. Desde un vals hasta la música actual. A veces más pegados y otras casi sin tocarnos. Acabé derrotada, excitada y con ganas de salir corriendo, pero conseguí pasar toda la velada con él sin necesidad de entablar conversación. Tan solo cruzamos un par de palabras mientras bailábamos “Love me tender”, de Elvis.
-Estás preciosa esta noche.
-Muchas gracias.
Esas cuatro palabras me habían puesto la piel de gallina y habían estremecido hasta la última fibra de mi ser. No me había mirado a los ojos al decirlo, pero su voz había sido suave, ronca y temblorosa. La voz que yo amaba. Y había dejado caer la cabeza en su hombro, suspirando, mientras la música nos envolvía.
Ahora estaba en mi cama, completamente despejada. Mi padre y Caroline habían decidido invertir todo el dinero de la luna de miel en la nueva casa, aunque yo había mantenido la esperanza de que se fueran en el último momento, para así poder estar más tiempo en mi antiguo hogar. Pero no había sucedido y me había pegado dos horas tumbada en la cama con los cascos puestos, escuchando música.
Ahora todo estaba en silencio y no podía dormir. Sentía la presencia de Dan al otro lado de la pared y eso me ponía nerviosa y triste. La opresión que se había instalado en mi pecho seis meses atrás no había disminuido y en aquellos momentos era mucho más intensa. Tanto, que casi me ahogaba.
Casi sin pensar lo que hacía salí de la cama con cuidado. Salí al pasillo y me paré frente a la puerta del cuarto de Dan. Dudé un momento y miré hacia el final del pasillo, donde estaba la habitación de nuestros padres. Suspiré sin hacer ruido y entré, cerrando tras de mí.
Entraba luz por la ventana. Escasa, la de las farolas un poco más lejos. El silencio era sepulcral. Junto al rectángulo de luz estaba la cama. Me paré junto a ella y miré a Dan. Pude ver que tenía los ojos abiertos en la oscuridad. Sus ojos brillaban. Se apartó un poco y me metí dentro con él.
Sus brazos me recibieron cálidamente. Apoyé la cabeza en su hombro y dejé que me reconfortara con su presencia. Su aliento en mi oído me ponía la piel de gallina y la mano que había colocado en mi cintura me acariciaba suavemente. Yo solo llevaba una camiseta ligera y las bragas y él estaba completamente desnudo de cintura para arriba. Levanté la cabeza para mirarlo y acaricié su mandíbula con los dedos. Él trabó sus ojos con los míos y me besó. Todo mi cuerpo reaccionó ante aquel beso y me pegué más a él. Rodeé su cintura con mis piernas y él me abrazó fuertemente, acoplando su cuerpo al mío. Fue un beso profundo y dulce, aunque fue tornándose ansioso. Pero no tanto como los momentos de pasión de los que habíamos disfrutado con anterioridad. Sabíamos que era la última vez y queríamos que durara para siempre.
Minutos después sus labios abandonaron los míos para recorrer el camino que ya habían hecho sus manos. Jadeábamos suavemente, intentando no hacer ruido mientras nos entregábamos el uno al otro. Sus manos eran ligeras y su roce como el de las alas de una mariposa. Me gustaba y me hacía desear más.
Ya casi había olvidado lo maravillosa que era su boca. Lo bien que me hacía el amor con ella. La habilidad de sus manos. Sorprendentemente, no tardé en llegar a mi primer orgasmo y él me acalló con sus labios para que no gritara. Mis gemidos se ahogaron en su boca mientras no dejaba de torturarme.
Luego llegó mi turno, pero no fue tan extenso como el suyo. Cada vez que se estremecía bajo mis caricias yo sonreía para mis adentros. Cada vez que su mano se cerraba más fuertemente sobre mi pelo, como si este fuera un ancla que lo mantuviera a flote, me sentía más enamorada de él.
De repente, me alzó y me colocó sobre sus caderas. Su boca buscó la mía con urgencia y me penetró con tanta fuerza que dejé escapar un pequeño quejido de placer que murió en su boca. Suerte que no había dejado de tomar la pastilla.
Esa noche estábamos más sincronizados que nunca. Nuestros cuerpos se movían al unísono, como si fueran uno solo. Como una ola que se riza sobre la superficie del mar y va creciendo, así fue aumentando el placer que sentía hasta hacerse doloroso e insoportable. Clavé mis dientes en su hombro y él gimió; aquel sonido exhalado junto a mi oído me proporcionó tal placer que volvió a llevarme al orgasmo, esta vez junto a él.
Dan y yo caímos enredados en la cama, agotados. Había sido tan intenso y dulce… Sentía el alma terriblemente desgarrada, pero lo encontraba un dolor dulce. Hacía seis meses que me lo preguntaba, pero ahora estaba segura. Todo había merecido la pena. El perderlo todo, el precio pagado… había sido justo. Tan solo por haberlo conocido. Tan solo por haber podido disfrutar de uno de sus besos, de una de sus caricias, de una de sus miradas, de uno de sus cigarros robados… Todo había merecido la pena por aquel delicioso momento de éxtasis que nadie más podría darme o arrebatarme. Había merecido la pena conocer a mi alma gemela aunque la perdiera.
Dan alzó la cabeza de mi pecho y me miró. Deslizó sus dedos por mi mejilla, limpiando mis lágrimas. Una de sus ojos calló sobre mi cara.
-Te quiero-me susurró.
-Te quiero-le contesté, en el mismo tono.
Me hubiera gustado dormir a su lado, pero sabía que no podía. No era correcto, así que salí con cuidado de la cama un rato después, recogí mi ropa, me vestí y regresé a mi habitación.
Me quedé dormida poco después. Al día siguiente comenzaba una nueva vida. Sería como vivir en un teatro constante y tendría que hacer el papel de mi vida.
Y estaba dispuesta a aceptar el protagonista.     

domingo, 18 de diciembre de 2011

¿Fragmento de una nueva idea?

Me di cuenta de que alguien me seguía cuando me quedaba poco para llegar a la residencia. Fue cuando miré hacia atrás y vi a un joven envuelto en sombras, junto a un árbol. Metió la mano en su chaqueta y vi el reflejo de una pistola.
Apreté el paso y comencé a correr tras doblar una esquina. El corazón me latía a mil por hora y, aunque no era especialmente religiosa, empecé a rezar todas las oraciones que me habían enseñado de niña.
Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta para sacar las llaves, pero las manos me temblaban tanto que se me cayeron al suelo. Solté una maldición entre dientes y me paré a cogerlas. El tío corría detrás de mí y se estaba acercando mucho. Ahogué un grito y me precipité hacia la puerta del edificio. Era tarde y la puerta principal ya estaba cerrada.
Por una vez tuve suerte y conseguí abrirla a la primera. Me precipité en el interior, pero el hombre de la pistola estaba tan cerca que no me paré a cerrarla de nuevo. Uno de mis compañeros de clase estaba entrando en el ascensor en aquel momento; me vio y me saludó con una sonrisa, reteniendo el aparato para que yo subiera. Lo hice de un salto y apreté compulsivamente el botón que hacía que las puertas se cerraran a la vez que la de la entrada se abría con un violento golpe. El desconocido disparó justo cuando las puertas se cerraban y yo grité y me agaché. Oí un gorjeo junto a mí y mi compañero cayó al suelo. Chillé con todas mis fuerzas cuando vi que estaba muerto.
Me alejé con lágrimas en los ojos hasta la esquina más alejada del cuerpo mientras el ascensor subía. Estaba empezando a sentir que me ahogaba. Necesitaba mi inhalador con urgencia.
Una chica que conocía de vista estaba parada delante del ascensor, esperándolo, justo cuando las puertas se abrían. Vio mi expresión de terror y el cuerpo en el suelo y abrió mucho los ojos, alejándose un par de pasos.
-No es lo que parece, yo no…-comencé, con voz temblorosa mientras intentaba salir, pero me paré en seco cuando la muchacha miró hacia las escaleras, al final del pasillo, y recibió otro impacto de bala. Volví a cerrar las puertas del ascensor y pulsé el botón que llevaba al sexto piso, el más alto. Allí estaba la lavandería y podría esconderme.
Sin pararme a mirar si había alguien cerca o no salté el cuerpo y, en cuando puse un pie en el suelo, corrí de nuevo hacia la sala de las lavadoras. Encontré un hueco entre dos de ellas, junto a una en funcionamiento, y me escondí allí. Estaba aterrada y, por suerte, el ruido de la máquina ahogaba mi fuerte respiración.
Estuve allí lo que me pareció una eternidad antes de que el programada de la lavadora finalizara. Y cuando quedó en silencio me tapé la boca con una mano, deseando que no se me oyera, porque yo acaba de oír unos débiles pasos en el parqué. Aguanté la respiración y cerré los ojos fuertemente un momento. Las lágrimas corrieron por mis mejillas.
Entonces apareció frente a mí. Alto y delgado. Completamente vestido de negro y con un pasamontañas. Intenté apretarme contra la pared, hacerme más pequeña, pero no podía escapar de la mirada de sus profundos ojos negros.
-Por favor, no me mates… Yo no he hecho nada… Por favor…
Él no se movió. Siguió mirándome fijamente, imperturbable, mientras yo balbuceaba palabras inconexas. Mi mano tanteó el suelo y descubrí junto a mí una caja de detergente en polvo. Miré el paquete un momento de reojo, de nuevo a él y, sacando fuerzas de donde no las tenía, le lancé el contenido a la cara.
El hombre retrocedió frotándose los ojos y dijo algo en un idioma que no entendí. Con un grito me tiré sobre él y lo desequilibré. Ambos caímos al suelo. Forcejeamos y le di una patada en la entrepierna. En ese momento conseguí quitarle la pistola y retrocedí unos pasos. Él se levantó también con una agilidad sobrehumana.
-¡No te muevas! ¡No te acerques!
Pero no me hizo caso y le disparé casi sin darme cuenta. El impacto le dio en el estómago, pero no pareció afectarle. Sorprendida, volví a disparar. Una y otra vez, pero el resultado era el mismo.
Al final, mis manos temblaban tanto que la pistola resbaló desde mis manos y cayó al suelo. Las lágrimas corrían por mi cara. ¡¿Cómo era posible?!
Otro hombre de unos treinta años, de pelo rubio y ojos claros apareció en la puerta. Por su porte parecía un militar.
-Ya basta, Anjai. Ya la has asustado lo suficiente. Has hecho un buen trabajo, pero debemos irnos antes de que nos encuentren.
El hombre se acercó a mí a grandes zancadas y yo me encogí sobre mí misma.
-No te preocupes, no vamos a hacerte daño.
-Pero sí él ha… -balbuceé.
-Solo ha matado a dos personas y eran peligrosas para ti. Toma, bebe esto, te hará sentir mejor y normalizará esa respiración tan fea-me tendió una cantimplora y bebí sin pensarlo. Era cálido como un té, pero su sabor era diferente. Mientras lo hacía continuó explicándome:-. Te estaba siguiendo porque ibas a ser atacada y ha evitado que te maten. Pero Anjai nunca ha destacado por su delicadeza, precisamente. Lamento que te haya asustado. Yo soy el general Mike Johnson, de la Orden.
-¿Pero quién iba a querer atacarme a mí, si se puede saber? ¡Es absurdo!-me encontraba mucho mejor tras ingerir aquel extraño líquido. Tan relajada que hasta se me empezaron a cerrar los ojos.
-Te lo explicaremos todo cuando lleguemos a la base. Hasta entonces…
No pude oír sus últimas palabras, puesto que caí en un profundo sueño.  

jueves, 15 de diciembre de 2011

Microcuento

Continuamos bailando sin importar quién había en la habitación. Nuestros pies se deslizaban por el suelo con tanta suavidad que me parecíamos flotar. Podía sentir sus manos y la cálida sensación que me provocaba. Sus ojos fijos en los míos, brillaban. Su sonrisa era la más dulce. Su pelo era perfecto y su rostro el más hermoso.
Yo temblaba. No podía creerlo. Me había elegido a mí entre todas las demás. A mí entre las docenas de chicas del salón. Podía oír los cuchicheos de mis rivales derrocadas. Y eso me hacía sentir poderosa, como nunca me había sentido en la vida.
Deseaba que me llevara al jardín, diéramos un paseo y me besara. Quería sentir esos labios con los que tantas veces había soñado.
No me importaba lo que hiciera conmigo después. Si estaba con él todo iría bien. Sería invulnerable, intocable. Estaría por encima del resto de los mortales.
Cada vez me sentía más liviana, ligera como una pluma. Mi cabeza daba vueltas de forma agradable. Tal vez había tomado demasiado champagne. Papá ya me lo había advertido pero, ¿por qué hacerle caso en la mejor noche de mi vida?. Me pesaban los ojos, pero no quería apartarlos de los suyos, así que me obligué a mantenerlos abiertos. Lo veía borroso, así que parpadeé rápidamente varias veces.
-¿Se encuentra bien, Lady Katherine?
-Sí, milord. Tan solo un poco mareada.
-Deberíais sentaros, mi dulce dama. No quisiera favorecer su malestar.
-Pero es que no quiero dejar de bailar…-protesté, como una niña pequeña. En seguida me arrepentí de lo que había dicho, pero las palabras ya no podían volver a mi boca.
Su sonrisa se hizo más amplia y se acercó un poco más a mí para susurrar en mi oído:
-Yo también deseo seguir bailando con usted, pero no podremos hacerlo si se desmaya.
Asentí con la cabeza y paramos en medio de la multitud. Me tomó de la mano y nos encaminamos hacia el jardín para que me diera un poco el aire. No di ni dos pasos antes de caer al suelo, al borde de la inconsciencia.
Definitivamente, la competencia era feroz en aquellos bailes.  

Sobre lo que el arte te hace reflexionar...

Creo que he estado escribiendo para los demás durante demasiado tiempo. Ya es hora de ser fiel a mi misma, sin importar aquellos que me lean. Me encuentro en el cruce de caminos que ya anunciaba Malévich: arte para los demás o arte para uno mismo. 




Y como en el fondo, aunque no entienda los cuadros de vanguardia, tengo el alma atormentada de un artista, pues a pintar se ha dicho. Pero esta vez para mí. Solo para mí. A quién le guste, bien y a quién no, pues también.